Llevo un par de días pensando cómo armar esto. Siempre
fui una niña sana. Nunca me han operado ni tampoco usé yeso. Me iba bien en el
colegio, muy bien en realidad. Mi hermano es sordo y mucho tiempo recibió más
atención que yo. Eso realmente no me importaba pero ya de grande me afectó. Me
afectó cuando me di cuenta de una extraña necesidad de cuidado. Yo que había
sido la perfectita de la familia recibía a los 19 años un diagnóstico crónico.
Durante mucho tiempo para mi,
estar enferma era una especie de fracaso. Uno de esos rotundos, como cuando chico
uno se tropezaba y caía directamente con la boca al suelo. Cuando me
diagnosticaron la trombofilia yo tenía 19 años, vivía con un primo, pololeaba y
estaba recién entrando a mi nueva carrera. Todo era bastante agradable, para no
decir perfecto, y realmente sentía que tenía mi vida en mis manos. La raja.
La trombofilia es una
predisposición a formar coágulos en la sangre y en mi caso, es por carga
genética. Recuerdo que tuve que hacerme mil exámenes, muy caros por supuesto,
para que me diagnosticaran una enfermedad que de seguro no me va a permitir
estar en ninguna isapre. Caída máxima. Recuerdo que al conocer a mi nueva
doctora no podía entender mucho de lo que me decía, porque mi cabeza estaba
visualizando como iba cayendo al suelo. Un golpe certero. Me acompañó mi
abuela, la culpable de los genes y hablaba y hablaba de las pantys apretadas
para viajar, que olvídate del sauna y de las termas e incluso de los guateros y
dale la bienvenida a los moretones. Salí de la consulta a llamar a mi pololo.
Ya en ese momento me sentía un cacho. Más encima tenía que comunicarle una muy
mala noticia. No podría tomar anticonceptivos. Ocurre que estos aumentan la
posibilidad de hacer un trombo, cosa que claramente tenía que evitar.
Insisto, un cacho. Cacho por no
poder culear tranquilos porque la señorita no puede tomar pastillas. Cacho
porque no puedo tomar cualquier remedio si es que me siento mal. Cacho porque
tengo que sacarme sangre cada 2 o 3 semanas. Cacho porque no puedo comer mucha
lechuga. Cacho.
Lo cierto es que me canso cuando
camino mucho, sobretodo en las mañanas. Me cuesta despertar, pero duermo sin
problemas. Atrás quedaron los meses de insomnio. Vivo con mareos y náuseas
constantes y todavía me molestan cierto tipo de luces o ruidos. Dicen que eso
pasa, pero aún me agobian los supermercados y su musiquita de mierda. Me
tiemblan las manos y se me olvidan las cosas
.
El lunes fui al siquiatra, a
mostrarle exámenes y para hablar de las cosas que me preocupan. El miércoles me encontré, como todas las semanas con la Roxana, mi sicóloga.
Estamos trabajando en las características de mi personalidad que debo
modificar, para, en resumidas cuentas vivir mejor y feliz. Mucha auto
exigencia, culpa y castigos rondan por mi cabeza.
Llevo tres semanas pensando cómo
escribir sobre esto. Me diagnosticaron cuando estaba en la clínica, el año
pasado. No podía creerlo. En realidad no estaba en condiciones de razonar
mucho. Entré dopadisima y sin entender casi nada. Estaba tan desorientada y lo
único que quería era conocer a las otras internas. Y a mi familia, por
sobretodo ver a mi familia. Estaba enojada, sí. Recuerdo que estaba enojada y
no aceptaba a la enfermera que me cuidaba día y noche.
Llevo tres semanas y un par de
días releyendo y escribiendo esta crónica. La cosas han empeorado y me siento muy débil. Tengo miedo.
Hago todo lo que puedo hacer: bailo zumba dos veces a la semana, una hora por
sesión y por lo general, me repito dichos del tipo: no hay mal que por bien no
venga y que todo pasa por algo. Ojalá sea así, dios mío. Que toda esta mierda
pase.
No hay comentarios:
Publicar un comentario