Me fue bien en el siquiatra. Hace tres semanas que no lo
visitaba por allá arriba en la cordillera, en San Carlos de Apoquindo. Hace
mucho tiempo que no iba feliz – o relativamente tranquila- a su consulta. Mi
siquiatra anterior me dijo hace unos meses que ya no podía seguir tratándome y
ese golpe bajo me contacto con Raúl, mi médico actual. La primera sesión me
pareció simpático, a la segunda llegué a odiarlo. No tan así, pero salí enojada
y con ganas de putearlo. Sentí que se juraba un dios y el hecho de ser experto
en mi enfermedad me obligó a darle un par de oportunidades. A regañadientes lo
acepté, sintiendo rabia y culpa por no poder controlar mis problemas sola, sin
necesidad de ayudas millonarias.
Aprendí que tengo que cumplir con sus peticiones, porque no
son caprichos, sino que me ayudan a estar mejor. En serio. Asumí que él no es
el problema, soy yo escuchando lo que no quiero que me digan.
Esta semana llegué
con mis clases de zumba al hombro y en la mochila guardé mis miedos de volver o
no a la Universidad. Me acomodé en el cuello la pena y la rabia que esta
inestabilidad emocional me hace tirarle a mi hermano celulares por la cabeza.
Subí a los cerros con la angustia doblándome las rodillas y salí sonriendo y
tranquila después de una hora de terapia.
Que te subo las dosis, preocúpate de dormir bien. Ni mucho
ni poco, atenta a la alimentación, el ánimo. Tómate las pastillas a la hora y
haz harto ejercicio. Cualquier cosa mándame un mail. Que no se te olvide
hacerte el examen de sangre semanal. Como siempre estampó en mi frente un
sinfín de órdenes, pero sé que esta noche me dormiré sonriendo. No por estar
sana, ni mucho menos, sino que porque aprendí hoy entre las nubes que mi
recuperación está ahí, a la vuelta de la esquina.
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