miércoles, 10 de septiembre de 2014

ANGUSTIA

Es constante. Tengo miedo desde que me levanto. Tengo miedo desde antes, desde la noche hasta que me duermo y luego de ahí cuando abro los ojos y ya es un nuevo día de angustia. Me siento débil y ridícula por esto que siento y no entiendo.

No quiero quedarme sola en el departamento y en ninguna parte en realidad. Me siento tan tonta sintiendo esto, tan tonta. Es que también me agota y estoy cansada todo el día. Siento la guata apretada y me cuesta comer. Me gustaría juntarme con mis amigos pero no siempre las cosas calzan como para que vengan a mi casa. También me gustaría ir a la universidad, pero el paradero parece un lugar tan grande y solitario que se me dan vuelta las tripas el solo hecho de imaginarme ahí parada. Sola.

La semana pasada lo logré y estaba muy contenta. Me sentía orgullosa de mi e incluso ya tenía una técnica para movilizarme. Me enchufaba a los audífonos y ponía a todo volumen la música en el IPod. Pero parece que ya no puedo. Y no sé bien por qué.

La otra noche le conté un poco a mi papá sobre esto que me está pasando y me dijo que me pusiera una polera de Superman debajo de toda mi ropa, para que así, cada vez que empiece a sentir que estoy colapsando, recordara la polera y todo el poder que tengo en mí. Me sorprendió su metáfora y claramente el problema es ese. No me la creo y no sé hasta dónde voy a llegar. En realidad, si sigo así, no voy a llegar muy lejos.

Una noche iba volviendo sola desde el departamento de la Antonia. Había recurrido a todos mi métodos contra la angustia. Pero el destino me falló. Habían cerrado mi salida del metro, vaya a saber uno por qué. La cosa es que ese desajuste me pilló desprevenida y no sabía bien qué hacer. Quise llorar, pero antes de soltar las lágrimas me subí a un taxi que me llevó hasta mi casa. Por suerte no fue tan terrible, pero me llamó mucho la atención haber perdido esa capacidad para resolver problemas de manera efectiva. Y sin llorar, claro.


Mi mamá me acompaña sin chistar, pero no es justo quitarle todo el día y mucho menos quiero estar atrapada en estas cuatro paredes. Me da pena y tengo la garganta apretada casi todo el día. Lloro un poco en el baño y me dan ganas de morir. O por lo menos de cortarme un poquito el brazo izquierdo, lenta y muy dolorosamente ¡qué satisfacción! Y he pensado seriamente en vomitar, pero vomitar no ayuda a desaparecer, ni a dar vuelta la página, como debiera ser.

martes, 2 de septiembre de 2014

simetría

Yo estaba preparando el tecito. Teníamos frío. Habíamos caminado bastante para encontrar  shampú y otras cosas, ¿cómo se dicen, Chris? Útiles de aseo. Tú cantabas. En realidad me sorprendiste con esa voz que tiempo atrás me había dicho que no lo hacía, o por lo menos no en público. Esa misma vos que en una galería de instrumentos del centro de Santiago me dijo que aprendiera a tocar algún instrumento o a cantar, panchu. Algo. ¿Chris, y las tazas? No hubo respuesta, elevaste la voz hasta casi gritar, muy apasionado. Yo sonreía.

Caminamos tomados del brazo, como abuelitos tiernos, friolentos y pequeños. Nos habíamos juntado en la plaza, Chris, que bacán es que vivamos cerca. Nos habíamos juntado en la plaza porque tú leíste en algún cartel que había circo teatro. El domingo gris llenó la plaza de niños entusiastas, sus cuidadores y nosotros. Nos fuimos antes para no atrasarnos tanto, que esto de las compras, que hace frío pero mejor igual caminemos, por último a la vuelta tomamos una micro. Estaba tan cómoda contigo, así relajada, que un rato más tarde, todo calzaba mientras abrías la puerta de tu departamento.

Tirado en el sillón con la guitarra en los brazos. A ojos cerrados entonabas una de los Ases Falsos, esos que te gustan caleta. Tejías los versos con energía y yo te miraba de reojo, temiendo que te dieras cuenta y te sintieras sorprendido. En realidad quería guardar el momento mientras yo hervía agua para nuestras hierbas. Quedarme con la foto de un momento que pensé muy íntimo, muy tuyo. Me sentí espectadora de un cuadro que sólo invaden tus gatos, tus tres gatos.


Como no sé qué somos, y en realidad somos esas nadas divertidas, adornadas con los no estoy preparado para estar con alguien, que mi vida, que mi futuro incierto, que mis dudas y mis miedos y el no eres tú, soy yo, pero te quiero. Como no sé qué somos, me sentí muy importante al escuchar tus melodías y me dieron ganas de leerte todos mis poemas. No tan así, esa es demasiada entrega.