Yo estaba preparando el tecito. Teníamos
frío. Habíamos caminado bastante para encontrar shampú y otras cosas, ¿cómo se dicen, Chris? Útiles
de aseo. Tú cantabas. En realidad me sorprendiste con esa voz que tiempo atrás
me había dicho que no lo hacía, o por lo menos no en público. Esa misma vos que
en una galería de instrumentos del centro de Santiago me dijo que aprendiera a
tocar algún instrumento o a cantar, panchu. Algo. ¿Chris, y las tazas? No hubo
respuesta, elevaste la voz hasta casi gritar, muy apasionado. Yo sonreía.
Caminamos tomados del brazo, como
abuelitos tiernos, friolentos y pequeños. Nos habíamos juntado en la plaza,
Chris, que bacán es que vivamos cerca. Nos habíamos juntado en la plaza porque
tú leíste en algún cartel que había circo teatro. El domingo gris llenó la
plaza de niños entusiastas, sus cuidadores y nosotros. Nos fuimos antes para no
atrasarnos tanto, que esto de las compras, que hace frío pero mejor igual
caminemos, por último a la vuelta tomamos una micro. Estaba tan cómoda contigo,
así relajada, que un rato más tarde, todo calzaba mientras abrías la puerta de
tu departamento.
Tirado en el sillón con la
guitarra en los brazos. A ojos cerrados entonabas una de los Ases Falsos, esos
que te gustan caleta. Tejías los versos con energía y yo te miraba de reojo,
temiendo que te dieras cuenta y te sintieras sorprendido. En realidad quería
guardar el momento mientras yo hervía agua para nuestras hierbas. Quedarme con
la foto de un momento que pensé muy íntimo, muy tuyo. Me sentí espectadora de
un cuadro que sólo invaden tus gatos, tus tres gatos.
Como no sé qué somos, y en
realidad somos esas nadas divertidas, adornadas con los no estoy preparado para
estar con alguien, que mi vida, que mi futuro incierto, que mis dudas y mis
miedos y el no eres tú, soy yo, pero te quiero. Como no sé qué somos, me sentí
muy importante al escuchar tus melodías y me dieron ganas de leerte todos mis
poemas. No tan así, esa es demasiada entrega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario